
Cómo no sería de buena la situación de la agricultura en 1848 cuando el General John Sutter, al descubrir pepitas de oro en el Río Americano, en California, mientras construía un molino de harina, trató de mantener en secreto su descubrimiento para no arruinar la empresa de crear un imperio agrícola en su rancho de Sutter’s Mill. Sin embargo, sus trabajadores, con menos ambición agropecuaria y más ánimo lucrativo, extendieron rápidamente el rumor, y se produjo lo que el General Sutter quiso evitar a toda costa, que hordas de forty-niners, en el ano 1849, llegasen procedentes de todo el mundo y pisaran sus sembrados, enterrando en la fértil tierra de su rancho el sueno agrícola que había perseguido durante toda su vida.
Otro aventurero de aquella época, Jack London, el escritor de Colmillo Blanco, cuando enfermó de escorbuto, como le sucedía a la mayoría de los contagiados por la fiebre del oro, recogió el testigo del General Sutter y, en 1910, cambió el insalubre ambiente de los asentamientos de los buscadores de oro por el aire fresco de un rancho en el condado de Sonoma, también en California, donde se dedicó a estudiar manuales de agricultura y a adaptar en sus tierras, técnicas de lo que hoy se denomina Agricultura Sostenible que, según recogen sus memorias, había aprendido en sus múltiples viajes por Asia.
Pero si hace 160 años la población de California se contagió por aquella fiebre que convulsionó a un país entero de costa a costa, e hizo que la gente abandonase todo para encontrar unas cuantas pepitas de oro, hoy, los descendientes de aquellos forty-niners sufren un nuevo tipo de fiebre, que es la que les lleva a buscar sin descanso y al precio que sea lo que ellos llaman alimentos orgánicos, que en Europa conocemos como productos ecológicos.
Supongo que cada uno encontrará su motivo y habrá quien consuma alimentos con certificado de haberse obtenido sin el empleo de productos químicos de síntesis por puro esnobismo, otros que estén verdaderamente concienciados de lo saludable que es comer una ensalada a base de productos naturales y frescos y, habrá quienes lo que vayan buscando sea el placer de comer alimentos de alta calidad, pero lo que sí es cierto es que en la actualidad, en el mismo puerto donde atracaban los barcos cargados de buscadores de oro, se instala cada sábado por la mañana el Ferry Plaza Farmers Market, un mercadillo donde solamente se encuentran productos ecológicos que acercan a la ciudad de San Francisco los agricultores de la zona.
Naranjas a 50 centavos de dólar la unidad, es decir, aproximadamente a unos 7 euros el kilo; o tomates a $2.99 la libra, o sea, 4,72 euros/Kg. Precios que harían salir corriendo al mas pintado, arremolinan, sin embargo, el ambiente más juvenil, cosmopolita y trendy de la ciudad. Hacen de ese mercadillo su punto de encuentro donde ver y ser vistos, alternar, tomar un café, comprar algunas verduras y quesos y pasar una agradable mañana de sábado.
Pero lo que todavía es más llamativo, es que los agricultores que llevan sus sabrosos melocotones, sus fresas con sabores silvestres, sus melones carnosos y sus exquisitas almendras, son también los jóvenes, en este caso los hijos más emprendedores de las explotaciones familiares que se concentran en el entorno de Sacramento, a una hora y media de San Francisco. A sabiendas de su poder de atracción, convencen fácilmente a la clientela ofreciendo con amabilidad y simpatía muestras gratis para probar sus magníficos productos -que a esos precios ya pueden serlo-, dan recomendaciones culinarias, informan de cómo trabajan la tierra y que técnicas utilizan, hacen juegos malabares, juegan con los niños, cuentan chistes y gastan bromas a los que hasta allí se acercan.

Las películas de Holywood, supongo que para evitar la piratería, cada vez tardan menos en llegar a las pantallas europeas. A ver lo que tardamos los jóvenes españoles en reunirnos en torno a un mercadillo para pasar nuestros sábados por la mañana. O mejor, a ver lo que tardan los hijos de los agricultores en tomar decisiones en las explotaciones agrarias, o sea, en coger el testigo de sus padres.

