viernes 14 de agosto de 2009

DE LA FIEBRE DEL ORO A LA FIEBRE ECOLOGICA


Cómo no sería de buena la situación de la agricultura en 1848 cuando el General John Sutter, al descubrir pepitas de oro en el Río Americano, en California, mientras construía un molino de harina, trató de mantener en secreto su descubrimiento para no arruinar la empresa de crear un imperio agrícola en su rancho de Sutter’s Mill. Sin embargo, sus trabajadores, con menos ambición agropecuaria y más ánimo lucrativo, extendieron rápidamente el rumor, y se produjo lo que el General Sutter quiso evitar a toda costa, que hordas de forty-niners, en el ano 1849, llegasen procedentes de todo el mundo y pisaran sus sembrados, enterrando en la fértil tierra de su rancho el sueno agrícola que había perseguido durante toda su vida.

Otro aventurero de aquella época, Jack London, el escritor de Colmillo Blanco, cuando enfermó de escorbuto, como le sucedía a la mayoría de los contagiados por la fiebre del oro, recogió el testigo del General Sutter y, en 1910, cambió el insalubre ambiente de los asentamientos de los buscadores de oro por el aire fresco de un rancho en el condado de Sonoma, también en California, donde se dedicó a estudiar manuales de agricultura y a adaptar en sus tierras, técnicas de lo que hoy se denomina Agricultura Sostenible que, según recogen sus memorias, había aprendido en sus múltiples viajes por Asia.

Pero si hace 160 años la población de California se contagió por aquella fiebre que convulsionó a un país entero de costa a costa, e hizo que la gente abandonase todo para encontrar unas cuantas pepitas de oro, hoy, los descendientes de aquellos forty-niners sufren un nuevo tipo de fiebre, que es la que les lleva a buscar sin descanso y al precio que sea lo que ellos llaman alimentos orgánicos, que en Europa conocemos como productos ecológicos.

Supongo que cada uno encontrará su motivo y habrá quien consuma alimentos con certificado de haberse obtenido sin el empleo de productos químicos de síntesis por puro esnobismo, otros que estén verdaderamente concienciados de lo saludable que es comer una ensalada a base de productos naturales y frescos y, habrá quienes lo que vayan buscando sea el placer de comer alimentos de alta calidad, pero lo que sí es cierto es que en la actualidad, en el mismo puerto donde atracaban los barcos cargados de buscadores de oro, se instala cada sábado por la mañana el Ferry Plaza Farmers Market, un mercadillo donde solamente se encuentran productos ecológicos que acercan a la ciudad de San Francisco los agricultores de la zona.

Naranjas a 50 centavos de dólar la unidad, es decir, aproximadamente a unos 7 euros el kilo; o tomates a $2.99 la libra, o sea, 4,72 euros/Kg. Precios que harían salir corriendo al mas pintado, arremolinan, sin embargo, el ambiente más juvenil, cosmopolita y trendy de la ciudad. Hacen de ese mercadillo su punto de encuentro donde ver y ser vistos, alternar, tomar un café, comprar algunas verduras y quesos y pasar una agradable mañana de sábado.

Pero lo que todavía es más llamativo, es que los agricultores que llevan sus sabrosos melocotones, sus fresas con sabores silvestres, sus melones carnosos y sus exquisitas almendras, son también los jóvenes, en este caso los hijos más emprendedores de las explotaciones familiares que se concentran en el entorno de Sacramento, a una hora y media de San Francisco. A sabiendas de su poder de atracción, convencen fácilmente a la clientela ofreciendo con amabilidad y simpatía muestras gratis para probar sus magníficos productos -que a esos precios ya pueden serlo-, dan recomendaciones culinarias, informan de cómo trabajan la tierra y que técnicas utilizan, hacen juegos malabares, juegan con los niños, cuentan chistes y gastan bromas a los que hasta allí se acercan.


Las películas de Holywood, supongo que para evitar la piratería, cada vez tardan menos en llegar a las pantallas europeas. A ver lo que tardamos los jóvenes españoles en reunirnos en torno a un mercadillo para pasar nuestros sábados por la mañana. O mejor, a ver lo que tardan los hijos de los agricultores en tomar decisiones en las explotaciones agrarias, o sea, en coger el testigo de sus padres.

sábado 25 de julio de 2009

MANCHEGUITOS POR AMÉRICA

En la sección de Exploradores Españoles Olvidados, con la que el diario ABC entretiene a los veraneantes y a los que están impacientes por tomar el descanso estival, el colaborador cultural del periódico, Luis Conde-Salazar Infiesta, periodista y escritor, recogía recientemente la aventura de un expedicionario manchego que, con pocos recursos más que saber que no tenía nada que perder, partió de Cádiz y atracó en las costas del Mar Caribe.

A finales del siglo XVII, según relata Conde-Salazar, un agricultor sin posesiones, de Moral de Calatrava, en la provincia de Ciudad Real, analfabeto y de nombre Gregorio de Robles, decidió atravesar el Atlántico en busca de aquellas tierras fértiles y agradecidas de las que hablaban los Indianos que regresaban a su tierra después de haber hecho fortuna en América.

En el nuevo continente, Gregorio de Robles se dedicó a viajar durante 14 años, lo que para una persona iletrada, que lo más lejos que había salido fue a las tierras de labranza que rodeaban su pueblo, es, cuanto menos, asombroso. Pero más sorprendente es la actividad a la que se dedicó durante su periplo americano: cambió su condición labriega por la de agente secreto al servicio de Su Majestad. El James Bond de la Mancha se dedicó a espiar, como describe el periodista, “las operaciones de contrabando de azúcar, tabaco, oro, perlas y esmeraldas que los ingleses, franceses y holandeses hacían impunemente en los dominios españoles del Caribe insular y continental”. Los españoles nada podían hacer, dada la escasez de fortificaciones y efectivos militares que Carlos II tenía en aquel enclave.

Además, y según los datos que del labrador moralense constan, fue un hábil analista de las estrategias militares que se maniobraban en la zona. Para ello tuvo que atravesar los Andes a pie, interpretar paisajes, describir especies vegetales y animales, visitar y esconderse en ciudades y pueblos recónditos, explorar selvas de las que pocos salían vivos y, lo mismo sobrevivía a base de limosnas y la caridad de los indígenas, que era recibido como huésped de honor por el presidente de la Audiencia de Quito. Igual que el personaje de Ian Fleming en Muere otro día, fue hecho prisionero, en este caso por piratas ingleses y holandeses que lo acusaron de espionaje, pero su sagacidad y su gracejo manchego lo libraron una y otra vez de caer en las zarpas de la muerte. Vive y deja vivir, debió pensar.

No hay constancia de que existiese Chica de Robles, pero otras cosas estarían más alejadas de la realidad que el manchego disfrutase en una playa caribeña de la salida del agua de una Halle Berry de la época.

Su regreso a España despertó tal interés en las autoridades, que lo llamaron a declarar ante el Consejo de Indias. Los transcriptores trabajaron ese día de lo lindo, rellenando más de 100 folios con lo que Gregorio de Robles, el espía secreto que salió de la Llanura Manchega, dictó de su portentosa memoria.

A principios del siglo XXI, el que suscribe, ingeniero agrónomo, hipotecado de por vida y con muchos libros por leer, nacido en Córdoba, pero paciendo en Ciudad Real, he decidido atravesar el Atlántico en busca de la que es, posiblemente, la mayor aventura agronómica que se puede vivir en América: una estancia en la mejor universidad de agronomía del mundo, la Universidad de California en Davis.

Viajaré gracias a una beca que me ha concedido la Universidad de Castilla-La Mancha, investigaré, experimentaré y trabajaré en la recepción lumínica y medición de la superficie vegetal de los cultivos en el Biological and Agricultural Department de la universidad americana.

Como mi memoria no es tan prodigiosa como la de Gregorio de Robles, lo que haré será que lo que allí estudie quedará reflejado en papers, que es como llaman allí a los artículos publicados en revistas científicas. En lo que se refiere a mis peripecias, puedo asegurar que no consistirán en remontar ríos infectados de pirañas a bordo de una débil canoa, aunque visitaré la Bahía de San Francisco plagada de tiburones; ni atravesaré una selva en plan Bear Grylls, el Último Superviviente, aunque visitaré Yosemite National Park con sus osos viviendo entre gigantescas secuoyas; ni iré de buhonero por pueblos perdidos, aunque me desplazaré en bici por Davis con mi mochila a cuestas.

Trataré de ir relatando en este blog lo que allí me acontezca, con la puntualidad que me permitan la inspiración y el tiempo del que disponga, que quiero estrujar como se hace con una aceituna en un molino.

domingo 12 de julio de 2009

MTB EN LA BAY AREA

En alguna entrada de este blog he señalado que me gusta practicar el ciclismo de montaña. No he encontrado, hasta ahora, mayor sensación de libertad que cuando me subo a mi mountain bike (MTB), una BH Top Line que me regalaron mis padres cuando aprobé la Selectividad. Se puede decir que mi bici y yo llevamos una vida juntos.

Tengo comprobado que, cuando salgo con la bici, las mañanas huelen diferente. Están más limpias. Los días pasan más despacio, se aprovechan mejor, da tiempo a todo y se aprecian detalles que el resto de los días uno no se para a pensar. Por ejemplo, al finalizar la ruta, cuando me siento a la mesa, noto como se me han desarrollado los sentidos. Un leopardo acechando en la maleza a su presa está menos concentrado que yo ante el plato. Saborear unas chuletillas de cordero después de haber hecho 40 ó 50 km por unos caminos polvorientos es de lo más gratificante que conozco.

Según he conocido recientemente, el ciclismo de montaña nació en California, concretamente en la Bahía de San Francisco, a principios de los años 70. Allí, un pequeño grupo de estudiantes del Instituto Tamalpais, conocidos como la Banda Canyon, buscaban sensaciones nuevas y empezaron a hacer descenso en bici por los caminos sin asfaltar de la montaña que daba nombre a su instituto. Usaban bicicletas de 20 kilos de peso, con neumáticos gruesos que resistiesen las irregularidades y las piedras del terreno. Imagino lo que sería bajar, sin miedo -que llega como una sombra cuando cogemos responsabilidades-, llenando los pulmones de los olores balsámicos de los Red Woods que envuelven la montaña y todo inundado por una luz que únicamente existe en California, y en Cádiz, al caer la tarde. Supongo que el espíritu aventurero de sus antepasados (los fourtininers), intrépidos buscadores de oro, llevó a aquel grupo de amigos a buscar lo que les hiciese sentir pletóricos antes de llegar a casa a cenar.

Más tarde, en 1976, nació la carrera Repack, en la montaña Pine, una elevación cercana a donde aquellos chavales empezaron su aventura; el acontecimiento ciclista comenzó a repetirse año tras año y fue generando cada vez mayor expectación, no solo para los aficionados de la Bahía, si no que la prensa de todo el país se desplazaba a la zona para cubrir el evento, lo que contribuyó a que este tipo de ciclismo se pusiese de moda en todo el país. En su corta historia, solamente un año, en 1984, se interrumpió la popular carrera. El motivo fue que el deterioro de los senderos por los que transcurría la prueba ponía en peligro la integridad física de los participantes, la psíquica se la dejaban atrás, porque con ella debe ser imposible lanzarse ladera abajo.

Este verano, si Dios quiere, me iré a California, y no pienso dejar de visitar, a lomos de alguna bici que consiga por allí (lo siento, pequeña, no será lo mismo sin ti), el Corte de Madera, Mount Diablo, Pine Mountain y, por supuesto, la mítica Tamalpais Mountain, cuna del ciclismo de montaña.

Lo malo será que al terminar de rodar por allí no podré saborear las chuletillas de cordero que prepara mi madre.



Tranquila, mamá, que yo por ahí no me tiro.

lunes 29 de junio de 2009

¿TODO ES RELATIVO?

Según muchos autores, los regímenes totalitarios que han existido a lo largo de la Historia se han basado en la utilización del relativismo moral para implantar su absolutismo. Aunque la mayoría de esas ideologías han desaparecido o han sido vencidas, parece que la doctrina filosófica relativista se está instalando cómodamente de nuevo en la conciencia de la sociedad actual.

No hay que pensar mucho para darse cuenta que defender que “todo es relativo” es defender un absurdo, puesto que si todo es relativo, “todo es relativo” también lo es, y queda muy lejos de ser la verdad absoluta que muchos propugnan. ¿Cómo es posible que el bien y el mal sean conceptos relativos?, ¿cómo es posible que lo justo y lo injusto sean objeto de interpretaciones?

Desde el origen de la humanidad, hace 30.000 millones de años, el Hombre, de forma natural, ha luchado por distinguir lo que está bien de lo que está mal, porque lo necesita para su supervivencia, y por ello ha ido trillando lo justo de lo injusto y podando lo falso para encontrar la verdad. Como escribió Unamuno en un Víctor de Salamanca: “Mi divisa es: primero la verdad que la paz”. No puedo estar más de acuerdo, lo cual no tiene mérito, porque lo difícil sería estar en desacuerdo, ya que entiendo que el relativismo no consiste en otra cosa que en negar los efectos trascendentes de las acciones cometidas por uno mismo con el objetivo de obtener algún tipo de beneficio. Es decir, es un pensamiento de autoengaño y de engaño a los demás.

Declarar que un feto no es un ser humano, es poner de manifiesto las bases sobre las que se está intentando construir una sociedad plenamente relativista. Para ello, el hombre debe quedar reducido a su animalidad, a ser solamente un ser vivo.

Cuando se dice que es mejor que los padres no interfieran en la decisión de una adolescente, es porque se quiere ir a la eliminación de la sociedad, creando de esa forma una colmena o un rebaño, sin familias, a base de individuos animales. Y ahí está el demonio, compadre: el espacio de los totalitarismos ha sido siempre la reducción del hombre a animal o cosa. Sin la dimensión espiritual del hombre, el ser humano estaría incompleto.

Cuando Benedicto XVI dijo que el sida no se puede superar con la distribución de preservativos, si no que, al contrario, los preservativos hacen que aumenten los problemas, recibió duras críticas por los mismos que hoy aplauden la píldora del día después. ¿Es que la píldora evita la transmisión de enfermedades venéreas? ¿Es que no hay más riesgo de adquirir el VIH cuando se usa la píldora como método anticonceptivo? Es la doble moral lo que hace enfermar a las sociedades.

El Papa defiende que la única vía eficaz para luchar, no solo contra el virus del sida, si no contra la destrucción de valores, es la renovación espiritual y humana de la sexualidad, unida a un comportamiento moral y correcto, lo que demuestra una enorme confianza en la verdadera libertad del Hombre, y nada tiene que ver con la animalización de la especie humana que pretenden alcanzar los que ven en el aborto un avance de la sociedad y un logro en la defensa de los derechos de las mujeres.

Jamás será un avance que una madre, incluso sin necesidad del consentimiento del padre, pueda decidir acabar con la vida de su hijo. El avance se producirá cuando se solucione el problema en origen. Pero para solucionar un problema en su causa originaria es preciso respetar una ley suprema y natural que inocule la verdadera ética en el comportamiento social.

jueves 12 de marzo de 2009

LOS MEJORES AGRÓNOMOS DE LA HISTORIA


Siempre me había parecido que el Círculo de la Amistad de Córdoba era algo así como el Reform Club de Londres, aquel en el que Phileas Fogg apostó 80.000 libras esterlinas a que podría dar la vuelta al mundo en 80 días. De pequeño pensaba que los salones del Círculo estarían llenos de elegantes señores, alguno de ellos incluso con monóculo, disfrutando de un Jerez y del agradable tacto de un periódico planchado, mientras debatían, con distinguida educación y riquísimo vocabulario, sobre los grandes asuntos económicos y sociales del momento. Ahora, más que en eso, pienso en los extraordinarios flamenquines que allí preparan, como he tenido ocasión de comprobar recientemente.

Hacía mucho tiempo que no coincidíamos los mejores ingenieros agrónomos que ha dado la Escuela de Córdoba: Jorge Gómez, Jose Roses, Honorio González, Pablo Luque y el que suscribe. Sin olvidar a nuestro agricultor favorito, Joaquín Escola, porque los agrónomos, por muy ingenieros que sean, si no hubiese agricultores no serían nada.

Trajeados y repeinados nos reunimos gracias a Jorge y a su encantadora mujer, Lola, en uno de los rincones más hermosos que tiene la Mezquita de Córdoba, la Capilla del Sagrario. El motivo fue el bautizo de su primogénito, Jorge, del que no espero menos que sea Ingeniero Agrónomo, por supuesto. Ese encuentro me llevó doce años atrás, cuando después de nueve años viviendo fuera de Córdoba, y por algún capricho del destino, volví a coincidir con ellos en clase, en esta ocasión en la Escuela de Ingenieros Agrónomos y Montes de Córdoba en vez de en el Colegio La Salle. Es cierto eso que dicen que la amistad verdadera se tiene cuando se siente la misma alegría por ver a un amigo después de no importa cuanto tiempo estés alejado de él.

Y es que tuve la suerte de vivir con ellos dos de los años más memorables de mi vida, tiempo en el que forjamos una amistad extraordinaria a base de dos ingredientes: salir por Córdoba y compartir las dificultades de las asignaturas de la carrera. No sé si ellos se acordarán, pero cuando en las Navidades de 1998 regresamos a la Escuela después de haber disfrutado de una beca Erasmus, Jorge en Gante (Bélgica) y Honorio y yo en Wageningen (Holanda), el catedrático de una de las asignaturas más duras en la Escuela, los Cultivos Leñosos, nos dijo que, después de haber perdido un cuatrimestre en su asignatura, canalizásemos el esfuerzo en otras y la dejásemos para el curso siguiente. Al salir de aquel despacho nos miramos y, sin decir prácticamente nada, supimos lo que teníamos que hacer. Sabíamos que queríamos terminar la carrera ese año y nada se podría interponer en ello. Nos pusimos como locos a sacar notas del Westwood, el mejor libro de Fruticultura que se ha escrito, preparamos los mejores apuntes que han circulado por la Escuela, y que es probable que hoy sigan circulando, y pasábamos tardes enteras y parte de las noches en los campos de experimentación del antiguo I.N.I.A. aprendiendo a identificar, alumbrados por el R5 de Honorio, las flores y las ramas de los árboles que nos preguntarían en el examen. Sacamos un 5, el otro 5, para llegar al 10, lo puso el Renault de Honorio que nos llevó por toda Córdoba a celebrarlo por todo lo alto.

Ahí estábamos nosotros, después de tanto tiempo, grandes señores ingenieros agrónomos, acompañados de novias y esposas con las que compartimos aquella gloriosa tarde, por supuesto con un Fino de Montilla en la mano, sentados saboreando unos exquisitos flamenquines, celebrando el bautizo del hijo de Jorge y Lola. Fueron horas incontables de recordar viejos tiempos, de hacer planes para vernos con más frecuencia, de hablar de nuestras vidas, de nuestros negocios y nuestros trabajos y, como no, de nuestras familias. Podríamos haber pasado días enteros en aquel salón. El Círculo de la Amistad. Que nombre tan bien puesto, pensé.

viernes 6 de febrero de 2009

LA CALÇOTADA



No recuerdo si leí antes la novela o vi primero la película, lo que sí recuerdo perfectamente es la impresión que me causó entrar en un monasterio cisterciense habitado por enigmáticos monjes benedictinos sobre los que pesaba la amenaza de una muerte apocalíptica.

Recientemente he tenido la oportunidad de visitar dos de los monasterios de la Orden del Císter que salpican nuestra geografía, el de Santa María de Poblet y el de Santes Creus, en la Conca de Barberá, y entrar en ellos ha sido como entrar en El Nombre de la Rosa, de Umberto Ecco. He podido sentir en los huesos la corriente de aire frío que atraviesa el locutorio, único espacio en el que los monjes podían hablar de sus asuntos y hacer un receso en su Ora et Labora, he podido escuchar la caída del agua de lluvia al jardín del claustro desde la boca de las gárgolas y oler el vino que sigue impregnado en las maderas del lagar desde la desamortización de Mendizábal.

Pero había algo que los monjes de la abadía de los Alpes italianos, donde Ecco situó su historia, no pudieron disfrutar en la sencillez y sobriedad de su vida monacal: los “calçots”. Este cultivar de cebolla, autóctono de tierras tarraconenses, debe su nombre a la técnica de cultivo empleada para su desarrollo, el aporcado de la planta, es decir, amontonar tierra sobre ella para evitar la incidencia directa de luz sobre el cultivo y que los tallos queden tiernos y de color blanco.

Debió ser este vegetal el principal ingrediente en la austera dieta de los monjes leridanos, sustituto de la carne, que sólo podían disfrutar los monjes enfermos o los más ancianos para recuperar fuerzas, y sólo carne cocida de ave, nunca de mamíferos.

Pero el pueblo, siempre sabio, no estaba dispuesto al ayuno en la misma medida que los benedictinos y, al Ora et Labora, añadieron el Cenare, por lo que pudiese venir. El menú se basa en calçots hechos al horno de leña de avellano, se ennegrecen las capas externas de la cebolla, que hay que retirar manualmente, con el consiguiente riesgo para el sentido del tacto, y aparece el interior blanco preparado para impregnarlo de lo que es, sin duda, para mi gusto, la estrella del menú: la “salsa pels calçots”, una salsa de la que me podría alimentar el resto de mi vida. Arriba dejo la receta.

Para continuar degustando el menú es imprescindible tener los dedos negros de pelar “calçots”, ya que así se disfruta en mucha mayor medida de una butifarra hecha sobre las brasas del horno de leña. Se acompaña de judías fritas y se riega con cava. Maridaje perfecto. Para finalizar, se aprovecha el último calor que todavía desprenden las brasas y se asan unas chuletillas de cordero y unas flores de alcachofa, que se siguen regando con cava.

Al final de la “calçotada”, con las manos llenas de hollín, el buche inflado y con la cabeza achispada por el cava, volví a entrar en la obra de Umberto Ecco pero, en esta ocasión, como el personaje de Salvatore.

martes 25 de noviembre de 2008

EL MEDIO AMBIENTE EN MEDIO DE LA CRISIS.

La crisis económica tiene causas y consecuencias que se entremezclan y no se sabe muy bien dónde empiezan unas y terminan otras. Se habla de crisis financiera, de explosión de la burbuja inmobiliaria, de desequilibrios de mercados, de aumento del paro y de la inflación y de oscilaciones del precio del petróleo.

Ya que el medio ambiente es un sistema transversal que afecta al conjunto de actividades que intervienen en la economía, se debería pensar como puede afectar la crisis económica a la sostenibilidad del medio y analizar si, en época de recesión, conviene o no llevar a cabo las actuaciones y medidas que se fijaron en el protocolo de Kyoto, como es la reducción de la emisión de CO2 a la atmósfera.

Muchas de las que eran consideradas causas del cambio climático se están corrigiendo gracias a un comportamiento natural de las sociedades que obedecen a las necesidades coyunturales, de modo que se observa un descenso en el consumo de combustibles fósiles, una caída del consumo eléctrico o la paralización de planes de miles de viviendas en zonas de interés ecológico. Es significativo también el hecho de que se hayan reducido las primas a las energías renovables debido a la explotación masiva que de ellas se estaba realizando consecuencia del sobreprecio de la luz.

Pero por otro lado está el planteamiento productivo: ¿Dejar de emitir CO2, que es lo mismo que dejar de producir, es la mejor solución para salir de la crisis? Si se habla de crisis alimentaria, de precios elevados de los productos agrícolas, de falta de acceso de la población a los alimentos básicos, entonces, ¿no será conveniente incrementar los niveles productivos y corregir los desequilibrios de mercado? Sembrar más, abonar más, cultivar más, recolectar más, regar más…, en definitiva, exigir más al medio natural, ¿no lo convertiría en otra víctima de la crisis?

¿Dónde está el punto de equilibrio? Además, reducir emisiones de carbónico a la atmósfera en época de recesión es fácil, ¿qué pasará en futuras épocas de bonanza?